Algunos silencios pesan más que los diagnósticos. Y hay dolores que el cuerpo no muestra.

Durante el tratamiento del cáncer, a veces lo más duro no son los efectos secundarios de la quimioterapia, ni la carga de trámites interminables. Lo verdaderamente difícil (aunque pocas veces se dice) es el silencio que, sin darnos cuenta, comienza a llenar cada espacio. Un silencio que se instala entre miradas que evitan el tema, entre palabras que no se dicen por miedo a herir o a no saber cómo acompañar. Así, sin que nadie lo planee, nos vamos sumando a lo que podría llamarse el complot del silencio: nadie dice nada para no hacer daño, pero ese silencio termina doliendo más que cualquier diagnóstico.
Ese silencio incómodo que aparece cuando los amigos dejan de llamar porque “no saben qué decir”. Cuando los familiares, por protegerte, evitan hablar del tema. Cuando los profesionales de salud entregan información técnica, pero no emocional. Cuando uno mismo se calla, por no hacer más difícil lo que ya duele,
Y es que hay varios tipos de silencio.
Está el silencio del entorno:
Ese que se siente cuando tu círculo cercano se aleja. No por maldad, sino por desconocimiento, por miedo, o porque simplemente no saben cómo estar sin herir. Un silencio que a veces se disfraza de evasión. De respuestas como “tú eres fuerte”, “ya va a pasar” o “ponle fe” «eso no es nada, ya verás» Frases que muchas veces no escuchan tu dolor, sino su necesidad de cerrarle la puerta a lo incómodo.
También está el silencio institucional:
El que te vuelve un número en la historia clínica. El que te da resultados sin una mirada que te sostenga. El que no pregunta cómo estás más allá de lo biológico. Ese silencio que muchas veces convierte el sistema de salud en un laberinto de trámites donde a veces se olvida lo humano
Y, tal vez el más profundo: el silencio interior.
Ese que nace del miedo a “molestar”, a parecer débil, a incomodar a quienes amas. Es el silencio que uno se impone para no «angustiar a los demás». El que se activa cuando uno se convence de que “ya bastante tienen ellos” y entonces decides callar tu cansancio, tu rabia, tu tristeza, tus dudas existenciales, tu preocupación.
Pero callar no siempre cuida.
A veces, callar nos enferma más.
El vacío que deja lo no dicho
He conocido personas que han pasado por todo el tratamiento y no lloraron ni una sola vez en voz alta. Personas que atravesaron cirugías, radios, efectos secundarios sin permitirse quebrarse. No porque no lo necesitaran, sino porque el entorno no se lo permitió… o no supieron cómo pedirlo.
Y también he sido esa persona.
Hubo días en que me dolía más que no me preguntaran cómo me sentía, que el propio malestar físico. Días en que una palabra de aliento hubiera sido más alivio que una pastilla.
Porque acompañar no es estar presente físicamente. Es conectar emocionalmente.
¿Qué hacer con tanto silencio?
Escuchar, sin necesidad de respuestas.
No hace falta tener frases mágicas. A veces, basta con un «aquí estoy». Con un “¿quieres hablar de eso?”. Con un abrazo sin condiciones.
Validar lo que la persona siente.
No minimizar. No corregir el dolor del otro. Si alguien dice «me siento agotada», no es útil responder «pero al menos estás viva». Validar es decir: “Imagino lo difícil que ha sido. Estoy aquí para ti.”
Atreverse a hablar.
Si estás viviendo un diagnóstico, no te obligues al silencio. Tu dolor también merece voz. Tu historia importa. Hablar es una forma de sanar.
Reconocer que a veces no sabemos cómo acompañar.
Y eso está bien. Se puede aprender. Se puede preguntar: “¿Cómo puedo ayudarte mejor?”
Romper el silencio es un acto de amor
Romper el silencio no significa gritar todo. Significa atreverse a mirar de frente lo que se siente.
Significa hacer preguntas con el corazón y no con la prisa.
Significa mirar a los ojos a quien atraviesa un tratamiento y decirle: “No sé qué decirte, pero no me voy”.
Acompañar es un arte. No se trata de hacer, sino de estar.
De quedarse incluso cuando no hay nada que decir.
Si estás leyendo esto…
Y estás viviendo un diagnóstico, una recaída, un duelo o simplemente el cansancio emocional de tanto luchar en silencio…
Este blog también es para ti.
Aquí puedes soltar, compartir, llorar o simplemente saber que no estás sola.
Y si estás del otro lado, acompañando a alguien, te invito a quedarte sin miedo.
No te vayas en silencio. No es necesario tener respuestas. A veces basta con no huir.
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