Un diagnóstico de cáncer no es solo un hecho médico. Es una experiencia íntima que impacta en la forma en que una persona habita su cuerpo, sus emociones, su historia. Cada diagnóstico trae consigo una biografía que se detiene, cambia o se transforma.

La palabra “resiliencia” puede parecer abstracta cuando se vive el día a día entre citas, medicamentos, incertidumbres y cansancio. Pero en la realidad concreta de muchas personas, la resiliencia toma formas silenciosas: una pausa, una lágrima sin culpa, un “hoy me cuido”, una conversación honesta.
Pero ¿Qué es la resiliencia?, es la capacidad que tiene una persona para adaptarse y recuperarse ante situaciones difíciles, dolorosas o inesperadas, como una enfermedad, una pérdida, una crisis emocional o un cambio profundo en la vida.
No significa «ser fuerte» todo el tiempo, ni evitar el sufrimiento. Significa encontrar nuevas formas de vivir, sentir y cuidarse en medio del dolor, sin perderse a uno mismo.
Aquí, tres pacientes de distintas edades, con distintas vidas nos permiten asomarnos a lo que significa construir resiliencia en medio del tratamiento oncológico.
“Hay días en los que solo quiero que me abracen” — Marta, 63 años
Marta fue diagnosticada con cáncer de mama a los 62 años. Vive sola, es profesora jubilada y le apasionan las plantas. Cuando empezó la quimioterapia, el cansancio la desconcertó más que el miedo.
“Yo siempre he sido activa. Pero durante el tratamiento, hasta caminar al patio se volvió una hazaña. Me costó aceptar que ya no podía hacer todo como antes. Un día lloré sin parar porque no podía con la idea de depender de alguien. Luego entendí que también es valioso dejarse cuidar”.
La resiliencia de Marta no fue una luz repentina. Fue una secuencia de pequeñas decisiones: aceptar ayuda para hacer mercado, dejar de sentirse culpable por dormir tanto, hablar con su vecina sobre lo que sentía.
Reflexión: Resiliencia no es autosuficiencia. A veces, es dejarse sostener sin sentirse menos por eso.
“Mi cuerpo ya no se ve igual, pero no es mi enemigo” — Eliana, 29 años
Eliana tiene 27 años y fue diagnosticada con linfoma de Hodgkin. Es pintora siempre se ha expresado a través del arte. Uno de los momentos más difíciles fue ver su cuerpo transformarse: la caída del cabello, los cambios en la piel, la hinchazón.
“Al principio no quería mirarme al espejo. Me sentía rara, como si estuviera perdiendo partes de mí. Pero con el tiempo empecé a hacerle dibujos a mi cuerpo en un cuaderno. Le puse frases. Le pedí disculpas por haberle exigido tanto antes. Ahora no digo que me amo todos los días, pero me acompaño mejor”.
Eliana empezó a escribir en un cuaderno, donde registra lo que siente sin filtros. A veces son solo frases sueltas, otras veces un poema, otras veces solo vuelca su frustración y enojo, pero es una buena terapia.
Reflexión: Resiliencia también es reconciliación. No con lo que pasa, sino con lo que una es mientras lo atraviesa.
“Sentí que mi vida se partía en dos” — Hernando, 51 años
Hernando es contador público, padre de dos hijos adolescentes y fue diagnosticado con cáncer de colon. Siempre se consideró fuerte, pragmático, poco expresivo. Pero el cáncer lo llevó a un territorio desconocido: la vulnerabilidad emocional.
“Yo no hablaba de emociones. Pero llegó un punto en que me sentí tan asustado, tan solo, que me atreví a decirle a mi hijo: ‘no me siento bien’. Lloramos juntos. Ese momento cambió algo entre nosotros. Descubrí que mostrar lo que uno siente también es parte de ser padre”.
Hernando comenzó a asistir a un grupo de apoyo virtual. Al principio no decía nada, solo escuchaba. Ahora, cada martes, comparte una frase que lo haya sostenido en la semana.
Reflexión: Resiliencia es dejar de fingir que eres fuerte. Es poder decir: “Esto me duele” sin tener que dar explicaciones.
Prácticas reales que ayudan: lo que pacientes comparten
No hay recetas mágicas. Pero algunas pequeñas prácticas han sido valiosas para quienes transitan este proceso:
🍵 Marta prepara su té de manzanilla cada noche, lo toma en silencio, sin celular ni televisión. Dice que ese es su ritual de paz.
📓 Eliana lleva un cuaderno donde cada noche escribe tres cosas que le hicieron bien, por mínimas que parezcan.
🎧 Hernando escucha una lista de música que lo relaja cada vez que va a la clínica. La llama “mi armadura invisible”.
No son soluciones, pero son espacios de contención. Y en medio de lo incierto, esos espacios cuentan.
Reflexión clave: Cada persona encuentra su manera. Lo importante no es cómo, sino permitir que el cuidado tenga lugar.
Una esperanza que no empuja, pero acompaña
No es necesario sonreír todo el tiempo. Tampoco es obligatorio encontrarle un “sentido” a todo. A veces, vivir con dignidad ya es suficiente.
La resiliencia no es una meta lejana. Es un proceso. Un camino lleno de pausas, retrocesos, días grises, y también de conversaciones inesperadas, alivios fugaces, instantes que reconcilian.
No es “ganar una batalla”. Es vivir una experiencia con el mayor cuidado posible hacia uno mismo y hacia los demás.
Reflexión: En el cáncer no hay mapas definitivos. Pero hay brújulas humanas: una voz amiga, un cuaderno, una taza de té, una mano que acompaña. Y en eso, la vida sigue a su modo, a su ritmo, con otra mirada.
💬 Ahora te leo a ti
Cada experiencia con el cáncer es única, pero algunas emociones se parecen. Tal vez reconociste algo de ti en estas historias. Tal vez lo que viviste fue distinto, pero igual de valioso.
¿Te has sentido como Marta, Camila o Hernando en algún momento?
¿Hay una práctica que te haya sostenido en los días difíciles?
¿Has descubierto una nueva forma de cuidar de ti o de acompañar a alguien más?
Te invito a compartir tu experiencia en los comentarios. Este espacio existe para escucharnos sin juicio, para sumar voces, para recordarnos con suavidad que no estamos solos
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