21 años después de un diagnóstico de leucemia mieloide crónica, no celebro al cáncer, me celebro a mí. Una historia de vida, dignidad y gratitud que transforma el dolor en esperanza..

Imagen: De archivo personal, digitalizada.
El pasado 17 de septiembre marqué en mi calendario una fecha muy especial: se cumplieron 21 años desde aquel diagnóstico que cambió mi vida. Podría decir que es mi aniversario con el cangrejo, pero no lo nombro como enemiga ni como víctima. Hoy lo miro como una presencia que me obligó a aprender a bailar con la sombra, a caminar distinto, a descubrir que incluso en medio de la fragilidad hay una luz que se sostiene dentro de mí.
El verdadero aniversario
Veintiún años no son una condena, son una confirmación. La prueba de que el tiempo, aun cuando llega acompañado de diagnósticos, tratamientos y silencios difíciles, también puede ser un aliado. Puede enseñarte a mirar con otros ojos, a respirar con gratitud y a reconocer la fuerza que habita en lugares donde jamás imaginaste.
Este aniversario no le pertenece al cáncer, me pertenece a mí. Celebro mi vida, no mi enfermedad. Celebro que sigo aquí, reinventándome una y otra vez, latiendo con dignidad, sosteniéndome en la certeza de que cada día, por pequeño que parezca, tiene un sentido profundo.
El tiempo como regalo
Son 21 años de abrazar la incertidumbre, sin dejar de creer en la belleza de lo cotidiano. Aprendí que la fragilidad no me quita valor; por el contrario, me enseña a amar con más hondura y a reconocer lo simple como lo más sagrado: un amanecer sereno, un abrazo inesperado, una conversación que ilumina, la risa que llega sin avisar.
Hoy entiendo que no se trata de contar los días que el cáncer intentó quitarme, sino de atesorar los momentos que la vida me regaló. Sonrisas que llegaron cuando más las necesitaba, manos que me sostuvieron en medio del cansancio, miradas que me recordaron que no estaba sola. Incluso las pausas, los silencios, se transformaron en espacios de aprendizaje y de escucha interior.
Cada amanecer se volvió un triunfo. Cada noche, una oportunidad para agradecer. Y en cada instante comprendí que la vida, incluso con sombras, sigue siendo un milagro en constante movimiento.
Mi verdadera historia
Mi historia no es la del cáncer. Mi historia es la de una voz que aprendió a transformar el dolor en esperanza, a encontrar belleza en medio de lo roto, a descubrir que ningún diagnóstico puede eclipsar el derecho a vivir con dignidad
Por eso, cada 17 de septiembre no celebro al cangrejo, me celebro a mí misma: celebro mis pasos, mis latidos, mis aprendizajes y la certeza de que sigo aquí, más viva que nunca, caminando con gratitud, luz y dignidad.
21 años después sigo eligiendo nombrar mi historia en mis propios términos. No es el aniversario del cáncer, es el mío. Y quiero seguir contando, escribiendo y compartiendo lo que significa vivir con dignidad y reinventarse en medio de la tormenta.
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