El día en que dejé de encontrarme en el espejo…

Nadie me avisó que el cáncer también podía borrar un rostro.
No de golpe. No con violencia. Lo hizo despacio, como hacen las cosas que se quedan.

Un día amanecí con los ojos hinchados. Al principio pensé que era el sueño, el llanto, el cansancio acumulado. Pero la hinchazón no se fue. Volvió. Se instaló. Y con ella llegó una sensación nueva: la de no reconocerme del todo.

Mis ojos ya no miran igual. No es tristeza permanente, es otra cosa. Es una mirada cansada de explicar, de adaptarse, de sostener un cuerpo que amanece inflamado, rígido, con dolor. A veces el rostro entero cambia, se ensancha, se tensa, se vuelve ajeno. Y hay mañanas en las que me pregunto, en silencio, si esta versión se va a quedar.

El cabello también decidió contar su propia historia. Cayó más de lo que pensé. Luego se volvió distinto. Cambió de color, de textura, de forma. La piel lo acompañó: tonos nuevos, a veces reseca, marcas visibles; señales de un proceso que ocurre por dentro, pero que el mundo insiste en señalar por fuera.

Porque siempre hay alguien que pregunta.

—¿Qué te pasó en la cara?
—¿Por qué tienes los ojos así?
—Te ves hinchada.

A veces son personas cercanas. A veces son personas externas: voces que pesan, miradas que se sienten más fuertes. No siempre hay mala intención, pero casi siempre hay cansancio. Porque cada pregunta es un recordatorio de que el cuerpo dejó de pasar desapercibido. De que ahora es tema, explicación, motivo de conversación.

Y no. No siempre quiero hablar de eso.
No siempre quiero justificar mi apariencia.
A veces solo quiero existir sin tener que traducir mi leucemia.

Lo que más duele no es la hinchazón ni el cambio físico. Es entender que el rostro también es identidad. Que perderlo aunque sea por un tiempo largo o incluso de forma permanente duele como duelen las pérdidas que no se nombran.

Con el tiempo he aprendido algo, no como una verdad absoluta, sino como un acto diario de cuidado: este cuerpo no está fallando. Está resistiendo. Y este rostro, aunque distinto, sigue siendo el lugar donde habita mi historia.

Al final, frente al espejo, no siempre me gusto. A veces me enfado con lo que veo. A veces busco a la mujer que fui y no está. Hay días en los que duele aceptar que ese rostro ya no me pertenece como antes.

Pero sigo mirándome. No para convencerme de nada, sino porque ahí, incluso en lo que no reconozco, sigo estando yo.

Ese espejo me ha quitado certezas y me ha mostrado pérdidas, pero también me ha enseñado que el futuro no se parece a una imagen fija. Cada reflejo es distinto y, aun así, sigo aquí, un día a la vez.

Si alguna vez te has sentido extraño en tu propio reflejo, si tu cuerpo cambió y  si decides contarlo, aunque sea en voz baja, que sea a tu ritmo. A veces compartir no devuelve el rostro de antes, pero sí nos devuelve un poco de nosotros mismos.

Nury Esperanza Villalba Suárez, casada con el cangrejo.                                                                    


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