Cuando entras al mundo del cáncer ya sea porque te tocó a ti o porque, como yo, terminaste «casada con el cangrejo», te preparan para muchas cosas. Te hablan de la caída del cabello, de las náuseas, de los días en los que no te puedes levantar de la cama. Te dan folletos, pastillas y te recomiendan descanso. Pero nadie te advierte sobre el efecto secundario más agotador de todos: la burocracia.

Resulta que sobrevivir al cáncer no es solo un tema médico; es un trabajo administrativo a tiempo completo, no remunerado y para el cual no tienes energía. Navegando por foros de pacientes y hablando con otras familias a las 6 de la mañana, entendí que esta indignación no es solo mía.
Somos gerentes de un proyecto caótico (y estamos exhaustos)
Se supone que tu único trabajo debería ser sanar o cuidar a quien amas.
Pero en la práctica, asumes un rol que nadie te explicó: te conviertes en el coordinador logístico entre el oncólogo, la clínica, la farmacia y la aseguradora. Actores que, de forma desconcertante, no se comunican entre sí.
Repites tu historia una y otra vez. Insistes. Esperas.
Gestionar tu propia supervivencia o la de alguien que amas mientras permaneces en una llamada con música de espera durante 40 minutos, no es un trámite más. Es una forma de desgaste sostenido que el sistema ha normalizado.
La humillación en el mostrador de la farmacia
Si has llorado en la fila de una farmacia, sabes de lo que hablamos. Es uno de los escenarios más vulnerables de todo el proceso.
Llegas con lo último que te queda de energía, esperando una respuesta que alivie. Y el sistema responde de forma automática, impersonal:
“no ha llegado”
“está escaso”
“está desabastecido”
“vaya a que se lo cambien por otro”
o peor aún: “no hay contrato”
Sin contexto. Sin explicación. Sin humanidad, no es solo frustración, es exposición. Es la sensación de que tu dolor debe ser validado públicamente para ser legítimo.
“Tengo cáncer, peso 45 kilos y estoy gestionando mi propia supervivencia clínica con música de espera en el teléfono.”
Un sistema que, en la práctica, obliga a defender derechos que ya deberían estar garantizados: vivir, recibir atención, no sufrir innecesariamente.
Un algoritmo decide cuánto te duele
Pocas experiencias generan tanta impotencia como recibir una negación que afirma que un procedimiento o medicamento “no es médicamente necesario”.
Es una decisión tomada desde la distancia.
Sin contexto clínico real.
Sin rostro. Sin historia.
Y en esa distancia, el dolor se reduce a un criterio administrativo.
Derechos fuertes en el papel, frágiles en la práctica
Colombia cuenta con un marco normativo robusto:
- La Ley Sandra Ceballos
- La Ley 2360 de 2024
- Y la jurisprudencia reiterada de la Corte Constitucional de Colombia
La Ley 2360 de 2024, en particular, marca un punto clave:
declara el cáncer como una enfermedad de interés en salud pública y prioridad nacional, y reconoce a quienes lo padecen como sujetos de especial protección constitucional.
En términos concretos, esto implica:
- Atención oportuna
- Tratamiento integral
- Continuidad en la atención
- Calidad en los servicios
Es decir, no debería ser necesario luchar por acceder a lo esencial.
Pero en la práctica…
Los retrasos persisten.
Quimioterapias que se interrumpen por falta de autorización.
Radioterapias que se reprograman por ausencia de agenda.
Medicamentos que no se entregan por barreras contractuales o desabastecimiento.
Pacientes con diagnóstico confirmado… esperando.
Y en cáncer, esperar no es una pausa, es un riesgo que puede ser mortal.
Cuando ni la ley alcanza
El caso de Jeisson Pinzón evidencia una de las fallas más críticas del sistema:
Un paciente con leucemia.
Un tratamiento de inmunoterapia ordenado.
Un fallo de tutela a su favor.
Un incidente de desacato interpuesto.
Y aun así, el medicamento no fue entregado, murió esperando.
Esto obliga a una reflexión necesaria:
¿Qué ocurre cuando incluso los mecanismos diseñados para proteger la vida no logran materializarse a tiempo?
El cuidador: cuando cuidar también es sostener el sistema
Llega un punto en el que el paciente no puede continuar asumiendo esta carga y alguien más toma ese lugar.
Alguien que llama, insiste, exige, escala.
Alguien que aprende (sin haberlo elegido) a moverse en un sistema complejo.
Muchas veces, ese alguien eres tú y en ese proceso, hay una transformación inevitable:
Te vuelves más firme. Más insistente.
A veces, más duro de lo que quisieras.
Pero es importante decirlo con claridad:
No es agresividad.
No es dificultad.
No es exceso.
Es una respuesta a la urgencia. Es alguien intentando que el dolor no avance más rápido que las soluciones.
Entonces… ¿qué sí podemos hacer en medio de esto?
Aunque el sistema no dependa de nosotros, hay acciones que pueden ayudar a sostener el proceso:
- Registrar cada gestión: fecha, nombre y número de radicado
- Solicitar siempre información clara sobre lo que falta
- Exigir respuestas por escrito
- Pedir soportes médicos detallados
- Apoyarse en trabajo social o asociaciones de pacientes
- Utilizar la acción de tutela y el desacato cuando sea necesario
- Escalar ante la Defensoría del Pueblo, personería, procuraduría o la Superintendencia de Salud
- Evitar, en lo posible, transitar este proceso en soledad
La atención del cáncer no debería depender de la capacidad de insistir, del conocimiento legal del paciente o del desgaste del cuidador.
El marco normativo en Colombia es claro, la obligación institucional también.
Lo que sigue pendiente es cerrar la brecha entre lo que está garantizado en el papel y lo que realmente ocurre en la práctica. Mientras eso sucede, es fundamental reconocer que el cansancio, la frustración y los límites que aparecen en este proceso no son fallas individuales.
Son la respuesta natural a un sistema que aún no logra acompañar con la oportunidad, la coordinación y la humanidad que esta enfermedad exige.
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