Montana Brown: de sobreviviente de cáncer infantil a enfermera

Montana Brown enfrentó cáncer infantil dos veces. A los 24 años regresó al hospital donde fue paciente, esta vez como enfermera pediátrica.

Para algunas personas, un hospital puede ser simplemente un edificio: pasillos, habitaciones, consultorios, máquinas, luces blancas.

Para Montana Brown, el Children’s Healthcare of Atlanta era mucho más que eso.

Allí había pasado parte de su infancia, allí había recibido tratamiento cuando apenas tenía dos años, allí había vivido nuevamente el cáncer durante su adolescencia y allí, muchos años después, regresó.

Pero esta vez no como paciente, tenía 24 años y llevaba el uniforme de enfermera.

La primera vez que el cáncer apareció en su vida

Montana tenía apenas dos años cuando fue diagnosticada con rabdomiosarcoma, un tipo de cáncer infantil que se desarrolla en tejidos blandos.

Su tratamiento se realizó en el Aflac Cancer Center de Children’s Healthcare of Atlanta, donde recibió aproximadamente un año de quimioterapia.

Con el tiempo llegó la remisión.

Y después de aquello, comenzó algo que muchas familias desean profundamente después de un diagnóstico infantil: volver a la vida cotidiana.

Montana creció, hizo gimnasia competitiva, practicó cheerleading(animación deportiva)

Fue al colegio, entrenó, compitió y construyó una adolescencia que, al menos por un tiempo, parecía alejarla de aquella primera experiencia con el cáncer.

Pero algunas historias médicas tienen capítulos que nadie quiere volver a leer.

A los 15 años, el cáncer regresó

Cuando Montana tenía 15 años, sus padres comenzaron a notar que algo no estaba bien.

Lo más llamativo es que ella no tenía síntomas claros, años después contó que incluso había llegado a correr una milla mientras tenía cáncer sin saberlo.

El diagnóstico volvió a cambiar el rumbo de su vida. Otra vez aparecieron el hospital, los tratamientos, la quimioterapia y la radioterapia.

Y esta vez el cáncer llegó en plena adolescencia, cuando Montana estaba construyendo su identidad, haciendo deporte y viviendo actividades que eran importantes para ella.

Tuvo que dejar la gimnasia y el cheerleading, no fue solamente una enfermedad que debía tratarse, también fue una interrupción de su vida.

Y quizá por eso resulta importante no contar su historia únicamente como una sucesión de tratamientos y remisiones.

Porque detrás de cada decisión médica había una adolescente que estaba dejando de hacer cosas que amaba.

Una familia que volvía a preocuparse y una joven que tenía que regresar a un lugar que ya conocía demasiado bien.

Las personas que quedaron en su memoria

Sin embargo, entre todos esos recuerdos había algo que Montana conservaba especialmente: sus enfermeras.

De las primeras, las que la atendieron cuando tenía dos años, conoce parte de la historia a través de lo que le contaba su madre.

Pero de las enfermeras que la acompañaron durante su adolescencia sí conserva sus propios recuerdos, las recordó como personas cariñosas, cuidadosas, compasivas y esto parece sencillo, pero para alguien que atraviesa un cáncer, especialmente durante la infancia o la adolescencia, no lo es.

Una enfermera no puede decidir el resultado de una biopsia, no puede evitar una recaída, no puede prometer que mañana será más fácil.

Pero puede estar allí, puede explicar nuevamente algo que el paciente no entendió, puede reconocer cuándo un niño tiene miedo aunque no lo diga, puede hacer que una familia se sienta escuchada, puede cuidar con delicadeza cuando el cuerpo está cansado de procedimientos.

Las enfermeras no podían cambiar lo que estaba ocurriendo, pero su manera de acompañarla quedó en la memoria de Montana. Años después, ese recuerdo influyó en la profesión que eligió.

«Quiero trabajar con niños con cáncer»

Cuando llegó el momento de escoger su camino profesional, Montana decidió estudiar enfermería.

Pero no cualquier enfermería. Quería trabajar en oncología pediátrica.

La decisión tenía una razón muy personal: conocía aquel mundo desde el otro lado, sabía lo que significaba ser una niña dentro de un hospital.

Sabía lo que significaba recibir tratamientos, sabía lo que era dejar temporalmente las actividades que formaban parte de su vida y sabía, también, lo que podía significar encontrarse con una enfermera que tratara a un niño con cariño.

No quería borrar su pasado, quería llevar lo aprendido de aquella experiencia a su trabajo y entonces tomó una decisión que hace que esta historia sea todavía más particular. Quiso volver al mismo hospital.

El 18 de septiembre de 2017

El 18 de septiembre de 2017, Montana tenía 24 años y comenzó a trabajar en Children’s Healthcare of Atlanta.

Su primer día fue en el Aflac Cancer & Blood Disorders Center. El mismo lugar donde había recibido tratamiento años atrás, el mismo hospital que había conocido siendo una niña.

Pero ahora llevaba una identificación diferente, era enfermera.

Montana contó que escuchar a alguien decirle «Welcome to Children’s» o ver el logotipo del hospital en su identificación hacía que se le llenaran los ojos de lágrimas.

Es fácil resumir ese momento diciendo que «cerró un círculo». Pero quizá esa expresión no alcanza a explicar lo que realmente había ocurrido.

Porque volver no significaba que el cáncer nunca hubiera sucedido, tampoco significaba que todo aquello tuviera que convertirse en una historia perfecta, significaba algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, más profundo: la niña que alguna vez necesitó cuidados había regresado para cuidar a otros niños.

Del otro lado de la cama

Hay algo particularmente poderoso en esta parte de la historia, montana no podía cambiar lo que había vivido, no podía regresar a los dos años y evitar el diagnóstico, no podía hacer que a los 15 años el cáncer no hubiera vuelto, no podía recuperar de manera inmediata las actividades que tuvo que abandonar.

Pero sí podía decidir qué hacer con una experiencia que formaba parte de su historia. Y escogió la enfermería.

No porque todas las personas que han tenido cáncer deban encontrar una misión en su experiencia. No porque una enfermedad tenga necesariamente que dejarnos una enseñanza y tampoco porque sobrevivir a un cáncer obligue a alguien a convertirse en ejemplo para los demás.

Cada persona tiene derecho a vivir el después de una enfermedad de una manera diferente.

Hay quienes quieren hablar, hay quienes prefieren no hacerlo, hay quienes cambian completamente de vida y hay quienes solamente quieren recuperar la tranquilidad de una vida cotidiana.

Ninguna de esas respuestas es más válida que otra. En el caso de Montana, su experiencia encontró un camino concreto, recordó a quienes la cuidaron, cómo la hicieron sentir Y quiso ofrecerles algo parecido a otros niños.

Un cuidado que deja huella

A veces hablamos tanto de medicamentos, procedimientos, diagnósticos, resultados y estadísticas que olvidamos algo esencial: el cáncer también se vive en la relación con las personas que acompañan el tratamiento.

Un niño puede no recordar el nombre de un medicamento, puede no comprender años después todos los detalles de su tratamiento. Pero puede recordar una voz, una mano, una sonrisa, una persona que se sentó a su lado.

Alguien que tuvo paciencia cuando tenía miedo, alguien que consiguió que un día difícil fuera un poco menos difícil.

Eso también permanece, montana tuvo la oportunidad de conocer esa experiencia desde ambos lados. Primero como niña y adolescente con cáncer, después como profesional que cuidaba a otros niños con cáncer.

Y quizá la imagen más significativa de toda esta historia no sea la de una joven entrando nuevamente al hospital.

Es imaginarla caminando por aquellos mismos pasillos con una identificación que decía que ahora pertenecía al equipo que cuidaba a los pacientes.

Una historia que no necesita un final perfecto

No sabemos qué ocurrió con Montana después de aquella historia difundida en 2017 Y es importante decirlo.

No necesitamos completar los años que no conocemos para hacer que su historia resulte más conmovedora.

Tampoco necesitamos afirmar que el cáncer la hizo más fuerte, que estaba destinada a ser enfermera o que todo lo vivido ocurrió por alguna razón.

No lo sabemos.

Quizá lo más interesante de la historia de Montana no está en su regreso al hospital, sino en lo que ocurrió entre aquella primera hospitalización y el día en que volvió como enfermera.

Su historia no necesita ser presentada como un ejemplo de cómo debería reaccionar una persona después del cáncer. Es, sencillamente, la historia de una mujer que encontró en la enfermería una forma de trabajar y decidió hacerlo precisamente en el ámbito que conocía de cerca.

A veces, el pasado no desaparece.

Simplemente deja de ser el lugar desde el que nos define y se convierte en parte de lo que somos capaces de comprender.

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Fuentes:

  • ABC News
  • FOX 5 Atlanta
  • Children’s Healthcare of Atlanta


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