Los pequeños placeres que el cáncer no me quitó

Mujer sentada en un campo lleno de flores amarillas, con montañas al fondo y un cielo azul.

Imagen: archivo personal tomada por @MarceloEnViaje 08/2006

Con los años he aprendido que no todo tiene que girar alrededor de la enfermedad. Hay días en los que quiero hablar de mi salud y otros en los que no quiero pensar en ella ni un minuto. Hay momentos en los que necesito ocuparme de lo que corresponde y otros en los que simplemente quiero sentarme sola en un parque, mirar a la gente, comer algo rico o pensar en cuál será mi próximo viaje.

Quizá porque después de tantos años viviendo con leucemia mieloide crónica, también he aprendido a distinguir entre lo que tengo que hacer y lo que quiero hacer.

Y viajar está sin ninguna duda, entre las cosas que siempre quiero hacer.

No porque viajar sea una terapia, ni porque crea que una enfermedad se enfrenta con una maleta y un tiquete de avión. Viajo porque me gusta. Porque me da curiosidad conocer otros lugares, conocer gente diferente, porque disfruto comer, porque me gusta caminar sin conocer del todo el camino y porque hay algo que me encanta: estar en un lugar donde nadie sabe mi historia.

Eso lo descubrí muy pronto.

Mi primer viaje fuera de Colombia después del diagnóstico fue a Chile, cuando mi enfermedad ya estaba controlada y había entrado en remisión.

Recuerdo ese viaje con muchísimo cariño, pero hay algo que recuerdo incluso más que los lugares que conocí: la sensación de sentirme una más.

Nadie sabía que tenía leucemia (excepto mi amigo Marcelo). Nadie sabía mis tratamientos, ni cuánto tiempo llevaba viviendo con la enfermedad. Nadie me miraba con lástima. Era simplemente una mujer de vacaciones, caminando por una ciudad que no conocía.

Y qué descanso…

Por primera vez en mucho tiempo podía estar en un lugar donde nadie conocía mi historia y por lo tanto, nadie esperaba que yo fuera la mujer que tenía una historia que contar.

Era simplemente yo y esa sensación es difícil de explicar… Algunos de ustedes sabrán exactamente a qué me refiero.

Desde entonces he viajado más de lo que pensé y cada viaje me ha dejado recuerdos diferentes. Algunos son de lugares, otros de personas y otros de cosas aparentemente insignificantes que terminaron quedándose conmigo.

También he tenido mis buenos sustos.

En un viaje a Isla Margarita, en Venezuela, aprendí de la peor manera posible que los medicamentos importantes no deben viajar en la maleta que uno factura. ( ya se que muchos diran «pero a quien se le ocurre»)

Yo lo había hecho.

Y las maletas no llegaron.

En ese momento sentí el verdadero terror. La ropa me tenía sin cuidado. El problema era el medicamento.

Aquel susto fue suficiente para que nunca volviera a cometer el mismo error. Desde entonces, los medicamentos importantes viajan conmigo, en el bolso de mano. No importa cuánto tenga que acomodar ni cuánto pese. Esa lección quedó aprendida.

También aprendí a tomarme muy en serio el seguro médico internacional. Cada vez que salgo del país lo compro y no lo digo desde la teoría: lo he utilizado en Chile y en España con hospitalización incluida. Para mí ya no es un “por si acaso”, es parte de la preparación del viaje.

Pero, curiosamente, cuando pienso en lo que más disfruto de viajar, no pienso primero en esas precauciones.

Pienso en estar por ahí sin rumbo fijo, caminar sin afán, en descubrir una calle, en sentarme en una terraza, en comer algo que no había probado.

Algunos platos se me han quedado en la memoria de una manera que va mucho más allá del sabor. Recuerdo ese postre de nata tradicional de Portugal, es de esas cosas que uno prueba y piensa: «Dios mío, qué cosa tan buena».; una fabada en Asturias, que es para disfrutan despacito, con ese sabor contundente que parece hecho para quedarse en la memoria para siempre.

Son pequeños placeres, sí. Pero cuando has pasado por momentos difíciles, algunos sabores terminan convirtiéndose también en recuerdos de lugares, de días y de momentos en los que simplemente estabas disfrutandoestar viva.

Son pequeños recuerdos que siguen ahí y quizá eso es lo que quería contar cuando empecé a pensar en este artículo.

Que después de tantos años de vivir con una enfermedad, también se aprende a cuidar esos pequeños espacios que no tienen nada que ver con ella.

Porque una enfermedad puede ocupar mucho espacio, pero no necesariamente tiene que ocuparlo todo.

A veces necesito sentarme sola en un parque y mirar a la gente.

A veces necesito comer algo rico.

A veces necesito viajar.

Y a veces simplemente necesito estar en algún lugar donde nadie sepa que tengo leucemia…No para esconderlo, no porque me avergüence, sino porque durante un rato quiero ser simplemente una más.

Y qué bien se siente.

No necesito que cada cosa que hago tenga una explicación médica, emocional o terapéutica.

Me gusta sentarme a mirar gente porque me relaja.

Me gustan los postres, que le vamos a hacer!

Me gusta descubrir lugares y aprender de ellos.

Y después de todo lo que he vivido, me parece que también tengo derecho a disfrutar de esas cosas sin convertirlas en una lección de vida.

El cáncer forma parte de mi historia, eso no va a cambiar. Pero tampoco quiero que aparezca en cada capítulo.

Hay capítulos que quiero llenar de todo aquello que el cáncer no me quitó y de recuerdos que no tengan absolutamente nada que ver con una consulta médica.

Porque no necesito que el cáncer me enseñe a vivir.

Yo ya estaba viviendo!!

Y pienso seguir haciéndolo, con mis medicamentos en el bolso de mano, con mi seguro internacional, con mis ganas de conocer mundo, con mis ratos sentada en un parque mirando a la gente.

Y mientras pueda, pienso seguir coleccionando esos momentos que no caben en una historia clínica. Algunos serán importantes, otros completamente absurdos… y seguramente alguno terminará acompañado de un buen postre y de esa sensación de pensar: «Qué bueno que estoy aquí».

¿Cuál es ese pequeño placer que el cáncer  no ha conseguido quitarte?

Ese que haces simplemente porque te gusta. Ese que es solo tuyo.

Quiero leerte!

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